Cuando el trabajo forense resulta útil…

Me emociono hasta las lágrimas cuando me entero de que mi trabajo fue realmente un aporte en esta oportunidad, que desde mi quehacer y la disciplina que desempeño pude entregar a un tribunal una visión profesional y científicamente afianzada de los fenómenos psicológicos y relacionales que pude apreciar, referir las limitaciones de mi peritaje, los alcances y también criticar lo que como disciplina psicológica forense nos falta para poder responder de mejor modo a la necesidad de información y evidencia de aspectos que no son posibles de apreciar en la inmediación de un juicio que llega 5 años más tarde.

Trabajo hace 12 años como perito forense, he aprendido y avanzado junto con mi disciplina, estoy consciente de las limitaciones de mi área de trabajo, que tienen que ver principalmente con «el estado del arte» de la ciencia psico-jurídica en nuestro país, la escasez de instrumentos psicométricos con baremación nacional disponibles principalmente en lo que respecta a la evaluación forense para justicia de familia y la falta de diálogo comunicativo entre nosotros, los peritos, para la construcción de estándares y regulaciones de nuestra propia área.

Se trabaja en condiciones desfavorables principalmente en el ámbito público, en solitario, sin la necesaria supervisión, mal remunerados, con exceso de demanda y baja calificación; aun así el tribunal muchas veces prefiere esta pericia que parte desde un punto equidistante de las partes – se supone – antes que un perito privado, del cual se anticipa que es un vendido (los hay, pero todos entramos al mismo saco).

Pero hay personas morales, profesionales conscientes y calificados, movidos por un espíritu de justicia en el sentido más inocente y literal del concepto, que tratamos de conectar con nuestra humanidad y que se nos va el empeño y el esfuerzo por aportar novedad, aportar información, aportar luz en el proceso judicial, no para brillar, ni para reafirmar nuestra valía personal y profesional, sino para quienes el foco está puesto en las personas -adultos y niños- que han visto su situación judicializada, que viven y sufren las causales y también las consecuencias de cada caso tramitado en esta rama de la justicia de familia en particular.

Ya es duro y doloroso el camino que transitan estas familias y muchas veces los profesionales son parte del problema, colaborando de manera poco consciente e incluso poco ética en la toma de medidas desinformadas o basadas en presupuestos erróneos, para las personas que se encuentran en procesos judiciales. Es cierto que hace falta regulación, sino ¿cómo podemos diferenciar aquel que ha enarbolado la bandera del interés superior del niño desde una posición razonada y apoyada en la cientificidad de su rama del saber, de aquel profesional que pregona una validez aparente pero juzga a partir de prejuicios, sesgos, desconocimiento y sentido común?

No estamos ni cerca de tener la tarea de juzgar, sin embargo no pocas evaluaciones constituyen verdaderos JUICIOS valorativos y expresan eventualmente una sentencia antes siquiera de que el juez conozca la causa y menos emita una sentencia. Me parece que ciencia y prejuicio son inversamente proporcionales; cuanto más prejuicio o juicio valorativo hay en una evaluación, menos apoyo o sustento científico encuentras.

Encontré una cita que dice: «Los científicos pueden conjugar el verbo ser, pero no deben usar la expresión deber ser» y creo que efectivamente de eso se trata, nuestra labor pericial es apegarnos al método científico para la producción de evidencia documentada sobre el fenómeno que se pretende explicar, sin asumir una disposición de supremacía moral que juzga y mide con una vara de idealismo, comparando el desempeño o las características de una persona, con un ideal del deber ser.

Pero bueno, como dije al inicio, me emociona enterarme de que el trabajo pericial que desempeño – revisando incansablemente mis procesos internos y sesgos, sin defensas corporativas de las falencias de mi disciplina o de mi misma -, que las convicciones a las que arribé de manera razonada, documentada y amparada en la producción científica disponible, fueron esta vez útiles y recogidas por un tribunal que se dio a la tarea titánica de impartir justicia. Y entonces voy con todo otra vez.

Lucía Torres Baeza, Directora CESP

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