Sobre la dificultad probatoria de los delitos sexuales contra preescolares

A todas las dificultades que existen para perseguir penalmente los delitos sexuales contra menores de edad en ausencia de pruebas o hallazgos físicos o biológicos e incluso la falta de testigos que puedan ratificar los dichos de una víctima, debemos considerar las características evolutivas de los niños y de manera muy especial, las características de los preescolares.

Los niños en etapa preescolar se encuentran en proceso de desarrollo explosivo de todas sus habilidades y destrezas cognitivas y motoras;  la adquisición y expansión de sus habilidades de lenguaje trae aparejado la complejización creciente del pensamiento, habilidad para resolver problemas y la capacidad de memoria.

Ya desde los dos años de edad, se comienzan a diferenciar dos tipos de memoria: la genérica y la episódica. La memoria genérica es aquella que se basa en un hecho familiar que pasa repetidamente, por lo cual perdura más y es más resistente al olvido y a las interferencias. La memoria episódica corresponde al recuerdo de un hecho, un acontecimiento o un episodio que pasó en un tiempo y un lugar específico y a pesar de que el acontecimiento se codifica de forma específica, puede llegar a olvidarse o puede ser fácilmente interferido.

A partir de esta memoria episódica surge la memoria autobiográfica, que alude a información relacionada con uno mismo, entendiéndose “como el recuerdo secuencial de acontecimientos significativos de la propia vida, aquellos que tienen un significado personal y especial”.

Contrariamente a lo que se puede creer, la memoria de niños  en edad preescolar se diferencia más en lo cuantitativo que en lo cualitativo con la de los adultos. Así un niño pequeño, recuerda menos información, especialmente si ha transcurrido poco espacio de tiempo entre el acontecimiento y la narración de su recuerdo, pudiendo describir sus experiencias de forma más breve que los adultos, pero son memorias muy exactas, siendo más comunes los errores de omisión.

Entre los cuatro y cinco años los niños empiezan a tener en cuenta el factor temporal, de forma que sus narraciones tienen inicios, acontecimientos medios y finales. Aun así, tienen dificultades para elaborar una narración coherente, es decir, van de un punto a otro o realizan una enumeración de puntos inconexos se dejan información y acontecimientos importantes para la comprensión del oyente. A partir de los seis años van mostrando progresivamente un dominio mayor de los mecanismos de coherencia y cohesión.

En el contexto de la persecución penal de delitos de abuso sexual infantil en Chile, el standard probatorio es alto – no puede haber lugar a equivocaciones cuando se trata de la vida y la reputación de las personas imputadas por un delito de semejante naturaleza -; sin embargo y  producto de las características tan íntimas de estas actuaciones criminales, muchas veces el peso de la prueba recae casi en exclusiva en el testimonio del niño o niña víctima, donde se espera un relato con pelos y señales, exacto y con un gran nivel de detalle, que se mantenga sin variaciones por años (mientras dure el proceso investigativo) y si es que llega a instancias de juicio oral, el niño destaque en este contexto por una lucidez, coherencia, constancia y alto nivel de detallismo  de sus alocuciones frente a un Tribunal y un interrogador que no siempre se caracterizan por su tacto o cuidado del niño o niña como testigo en cuanto a victimización secundaria se trata. Ni hablar del proceso que ha vivido un niño o niña durante la investigación: la cantidad de veces que ha debido declarar o ha sido interrogado por familiares (que con dolor y dificultad asimilan lentamente que esto pudo pasar), profesionales bienintencionados de la red de salud y del ámbito psicosocial, policías, fiscales, peritos, terapeutas…

Todo esto frente a las características de un ser humano en una etapa de su desarrollo que nos habla ya de sus infinitas potencialidades… pero que sin embargo, difícilmente podrá dar el ancho frente a parámetros adultistas en cuanto al testimonio que el sistema necesita para formarse una convicción más allá de toda duda razonable, sobre la culpabilidad de su presunto agresor.

Es muy difícil probar el abuso sexual infantil… es duro para cada niño o niña vivir un proceso judicial, más duro debe ser pasar por uno y que un Tribunal llegue a la convicción de que su agresor es inocente.

Estimaciones señalan que solo alrededor de un 20% de este tipo de delitos es denunciado. En 2017 en la Región de Valparaíso se realizaron 1876 denuncias de delitos sexuales que involucraban a un menor de 18 años. Asimismo, se dio término a 1923 causas de delitos sexuales; el tipo de término más frecuente fue el archivo provisional de la causa que reunió 1055 causas y solo 193 sentencias definitivas condenatorias.

Seguramente las familias de las víctimas se cuestionan – y con sobrada razón – si vale la pena denunciar, si ayudará al proceso de reparación o, si por el contrario, el sistema judicial dejará  una nueva huella emocional en su hijo o hija… la experiencia es muy personal, no obstante creo que no es posible la resignificación de una experiencia que ha generado tanto sufrimiento sin una condena moral y la búsqueda de la sanción, junto con la declaración abierta de que esta actuación es inaceptable y aborrecida por la sociedad entera.

En este sentido, la ley 21.057 promulgada en Enero 2018 que regula entrevistas grabadas en video y otras medidas de resguardo a menores de edad víctimas de delitos sexuales es un esfuerzo por mejorar nuestras prácticas y proteger a la infancia vulnerada. La Región de Valparaíso sería la última región en implementar la ley en 2020.

Por Ps. Lucía Torres